Los Orígenes del Monacato en Egipto y la Sociedad del Bajo Imperio Romano
El período comprendido entre la segunda mitad del siglo III d.C. y el
siglo IV constituye una de las épocas de la historia de Occidente en que
se han producido cambios y transformaciones sociales más profundos y de
un modo más acelerado. No es de extrañar, pues, que esta época que
conoció el hundimiento de las estructuras sociales, políticas y mentales
que caracterizaron el mundo antiguo para dar paso a otras nuevas, que
nos resistimos a denominar medievales, haya sido objeto en la
historiografía moderna de grandes debates en los que han quedado
reflejados la ideología y la metodología histórica de cada generación de
historiadores. Fue seguramente E. Gibbon con su grande y clásica obra
History of the Decline and Fall of the Roman Empire, publicada entre
1776-1788, quien inició el gran debate sobre el final del mundo antiguo,
sus causas y significado, que sigue aún abierto, pese al consenso
tácito al que se ha llegado entre los historiadores de considerar los
siglos que siguen al tercero de nuestra era como una época claramente
diferenciada de la Antigüedad y del Medievo. Resulta significativo que
en casi todos los intentos por explicar el significado histórico de este
período el fenómeno religioso ocupe un lugar relevante e incluso
preponderante. Gibbon hizo del cristianismo la clave de la época y
después de él han seguido insistiendo los historiadores en el tema,
aunque con planteamientos y conclusiones las más de las veces opuestas y
enfrentadas.
Estamos de acuerdo en considerar el fenómeno
religioso y, dentro de éste, el papel predominante del cristianismo,
como uno de los factores claves para entender el significado histórico
de ese período. Pero creemos, al propio tiempo, que el análisis del
fenómeno religioso y del cristianismo no puede abordarse desde
planteamientos culturalistas o historicistas, por no citar los
teológicos, en que han caído la mayoría de los estudios de la historia
del cristianismo, sino como uno de los componentes más definitorios de
la compleja problemática que define y caracteriza el período. El ascenso
y difusión del cristianismo que caracteriza al bajo Imperio romano ha
de ser considerado en el marco de las tensiones sociales del momento y
de sus manifestaciones ideológicas y constituye, por tanto, un capítulo
fundamental de la historia social de la época. En este ámbito, el
nacimiento y la difusión del monacato, creemos, es una de las
manifestaciones más apasionantes para el historiador y que mejor refleja
las múltiples tensiones a que estaba sometida la vida privada y pública
del hombre de la época. Como ha escrito uno de los historiadores
actuales que más atención ha dedicado el análisis histórico del final
del mundo antiguo, M. Mazza, «en la historia espiritual y cultural de la
Antigüedad tardía, el monacato es, ciertamente, un fenómeno central. Se
nos presenta como uno de los momentos fundamentales de aquel "Debate on
the Holy" (P. Brown) en que se empeña la sociedad antigua durante la
transición de la fase helenístico-romana a otra fase histórica, pero no
siempre ha sido valorado adecuadamente por los estudiosos de la historia
cultural y social del Imperio
1. San Antonio y los orígenes de la vida anacorética
El período que podemos considerar de los orígenes del monacato o
monacato primitivo abarca un siglo delimitado por dos fechas y dos
personajes que creemos son fundamentales: San Antonio Abad, nacido el
251, que a los dieciocho años decidió abrazar la vida anacorética y al
que con todo motivo se le puede considerar su fundador —la figura de
Pablo el Ermitaño que le había precedido en algunos años parece ser una
creación literaria de San Jerónimo que con su Vita habría querido
competir con la Vita de San Antonio escrita por San Atanasio— y San
Basilio de Cesarea, quien hacia el 358 decidió optar por la vida
monástica y murió como obispo de su ciudad el 378. Entre ambos se sitúa
cronológicamente la obra de San Pacomio, otro egipcio como San Antonio,
que implantó el cenobitismo o vida anacorética en comunidad. Resulta
obvio que este siglo, que separa los inicios de la actividad de san
Antonio y la de san Basilio y conoce el desarrollo del cenobitismo
pacomiano, es el siglo en el que se producen el conjunto de
transformaciones que caracterizaron el fin del mundo antiguo. No
pretendemos establecer una relación de causa-efecto entre el surgir del
monacato y las transformaciones sociales de la época, pero sí creemos
que el monacato es uno de los fenómenos que mejor reflejan las profundas
convulsiones del periodo y que mejor nos puede ayudar a comprender la
historia del momento.
Son muchos los estudiosos que a la hora de analizar históricamente el monacato lo han atribuido a un impulso religioso interior que habría lanzado a muchos hombres y mujeres de la época a la búsqueda de Dios en el desierto. Interpretaciones como ésta, aparte de situar lo religioso en un ámbito etéreo, desgajado de la realidad social, no dicen absolutamente nada. El hombre antiguo, y muy especialmente el hombre de los primeros siglos, era un hombre eminentemente religioso y la religión invadía todas las esferas de su vida, de sus ideas y de sus sentimientos. Lo que realmente tiene que plantearse el historiador es por qué tan gran número de personas optó a partir de la segunda mitad del siglo III por la vida ascética, el anacoretismo y el monacato para satisfacer sus creencias religiosas y sus sentimientos vitales. Tampoco sirve como explicación el ver en ello el producto de un deseo y de una necesidad interior de ascetismo cristiano. El cristianismo hacía mucho tiempo que estaba difundido entre estos mismos ambientes y no había dado lugar de modo generalizado a estas manifestaciones, por lo que no creemos que el monacato constituya algo consustancial con el cristianismo. Creemos, por el contrario, que para comprender el monacato como fenómeno histórico hay que situarlo en sus circunstancias históricas concretas y determinadas pues, como ha escrito recientemente un joven historiador español a propósito del monacato hispano, «todos los estudios que, implícita o explícitamente, nos muestren la historia del monacato hispano tardo-antiguo movida por resortes propios, y ajenos a la realidad social, económica y política del reino visigodo están ofreciendo una imagen deformada de este fenómeno». El monacato surge, efectivamente, en la segunda mitad del siglo III en Egipto bajo la forma de anacoretismo y su símbolo más representativo fue San Antonio. El hablar de S.Antonio como «padre» del monacato cristiano en su forma anacorética no quiere decir que fuese el primer anacoreta —su mismo biógrafo señala que cuando recibió la llamada divina optó por imitar a otros anacoretas ancianos—, ni que desarrollara personalmente una labor de difusión y predicación del anacoretismo. Significa únicamente que, desde el punto de vista histórico, se convirtió en un símbolo de esta primera forma de monacato por la enorme popularidad que en la segunda mitad del siglo IV alcanzó su biografía escrita por San Atanasio y que, debido a su gran longevidad (aprox. 250-356), su vida coincidió con la época en que el anacoretismo se convirtió en un fenómeno de masas en Egipto y en otros países. Es, por tanto, en el Egipto de finales del siglo III y comienzos del IV donde hay que buscar la explicación del fenómeno, al margen de la existencia de formas similares de anacoretismo en otros lugares, especialmente en Oriente.
Egipto constituyó siempre un país con
unas estructuras políticas, económicas y sociales peculiares que lo
diferenciaron claramente de las restantes regiones. La específica
organización administrativa de que le dotó Roma tras su incorporación al
Imperio fue un reconocimiento de esta realidad. En un mundo dominado
por una civilización urbana, Egipto continuó siendo durante toda la
época romana un país rural, con pocas ciudades y de escasa importancia, a
excepción de Alejandría, una de las ciudades más importantes del mundo
mediterráneo, que constituía una especie de isla urbana, multilingüe y
multirracial, en un contexto rural. A su vez, el cristianismo se
configuró desde sus orígenes como una religión urbana que se integró
perfectamente en la civilización urbana predominante, al menos en sus
manifestaciones ortodoxas que dieron origen a la «Gran Iglesia». Se
explica así que también el cristianismo egipcio presentase desde sus
inicios unos caracteres peculiares y que la historia de la Iglesia de
Egipto se mantuviese siempre bastante al margen de las corrientes
dominantes en el resto del Imperio. Ya en sus inicios parece que el
cristianismo egipcio tuvo unos orígenes «heterodoxos», muy influidos de
gnosticismo. Sólo en la segunda mitad del siglo II la Iglesia egipcia se
integró en la «Gran Iglesia» y esta integración se realizó
fundamentalmente en Alejandría, donde en el siglo III destaca la enorme
tarea llevada a cabo por San Clemente de Alejandría y Orígenes. En el
resto del país parece que siguieron su evolución autónoma otras
corrientes cristianas paralelas de carácter más o menos heterodoxo. El
hecho de que la lengua predominante en estas comunidades rurales
cristianas fuese el copto frente al griego dominante en Alejandría fue
uno de los factores que facilitaron este desarrollo paralelo.
Es en este contexto donde se difunden a mediados del siglo III las
formas de ascetismo monástico. Lo que caracteriza a éste es una ruptura
total con el mundo y con sus esquemas de valores basados en la
civilización urbana y que en gran medida habían sido asimilados por el
cristianismo oficial. Esta ruptura toma la forma de retirada del mundo
para dedicarse a una vida de profundo ascetismo en el desierto. El
nombre que adopta, anakhoresis, es un término con el que se designaba
desde la época de los faraones a un fenómeno de tipo
político-administrativo muy generalizado: la huida de los campesinos de
su lugar de residencia a otra aldea, a un templo, al desierto o a las
zonas pantanosas del delta para escapar de la opresión fiscal, del
servicio militar o de otras obligaciones. En época imperial romana está
ampliamente atestiguado el fenómeno entre personas desarraigadas,
deudores, bandidos o descontentos en general con el orden social
imperante. La anakhoresis era una forma de protesta y, muchas veces, era
la única salida que les quedaba a estos desarraigados.
De modo
similar, los anakhoretai cristianos, cuando optan por la retirada al
desierto, no sólo rompen los lazos que les unían con su familia, con su
aldea o ciudad, sino también con la organización eclesiástica imperante.
Los anacoretas optan por una búsqueda directa de Dios, sin
intermediarios de ningún tipo, Iglesia incluida. Basándose, como dice de
San Antonio su biógrafo, en la recomendación evangélica «si quieres ser
perfecto, vende cuanto tienes, dáselo a los pobres y tendrás un tesoro
en los cielos, y ven y sigueme» tomaron éste como el precepto supremo y
la base de la auténtica concepción cristiana. No resulta, por tanto,
extraño, que el anacoretismo y otras formas de monacato fueran vistas,
como más adelante veremos, con recelo e incluso con abierta hostilidad
durante mucho tiempo por las autoridades eclesiásticas y las civiles.
El paralelismo y la influencia de la anakhoresis
político-administrativa con la cristiana es evidente, aunque no es la
explicación única del fenómeno. Lo realmente sorprendente, e
históricamente significativo, de la anakhoresis cristiana, es su
irrupción en un momento determinado y preciso de la historia del Imperio
y sobre todo su carácter masivo. No existen cifras fiables sobre el
número de anacoretas que invadieron los desiertos egipcios a partir del
siglo III, pues las fuentes antiguas no concuerdan y son poco fiables en
este aspecto y los estudiosos modernos han llegado a conclusiones muy
dispares. Pero de todas las fuentes se deduce claramente que el fenómeno
alcanzó un carácter masivo, y que los monjes anacoretas se podían
contar por miles en el siglo IV.
También en este aspecto se ha
querido establecer un paralelismo con el anacoretismo
político-administrativo. Las fuentes contemporáneas, especialmente los
papiros, parecen reflejar un agravamiento de la situación económica de
Egipto en la segunda mitad del siglo III, que debió tener una especial
incidencia en los ambientes campesinos. Incluso algunos autores han
sugerido la existencia entre los siglos III y IV de una profunda crisis
de la comunidad egipcia de aldea que tendría su reflejo no sólo en los
grupos sociales más desfavorecidos, los campesinos o fedayhin egipcios,
sino también en la pérdida correlativa de representatividad de sus
grupos sociales hegemónicos, las pequeñas oligarquías municipales y sus
representantes en el seno de los consejos municipales. En este contexto
se ha podido hablar de la confluencia con una anakhoresis desde abajo,
de otra anakhoresis desde arriba con el abandono de sus obligaciones por
parte de las clases dirigentes en el seno de esta sociedad rural y
campesina. Coincidiendo con esta situación de crisis que había
caracterizado al Egipto de esta época se habría llevado a cabo la
reconducción del cristianismo egipcio hacia el cristianismo dominante en
el Imperio, Además, este proceso fue contemporáneo con la integración
creciente de la Iglesia oficial en las estructuras políticas, sociales y
culturales imperantes, facilitada por el largo período de paz que vivió
ésta tras las persecuciones de Decio y Valeriano y uno de cuyos
pioneros había sido medio siglo antes precisamente San Clemente de
Alejandría, representante de la Iglesia urbana de Alejandría.
Es fácil deducir que en los ambientes cristianos del campesinado egipcio
donde debían ser predominantes las concepciones del cristianismo
carismático con influencia de tipo gnóstico, encratista y ascético en
general, sobre el cristianismo institucional representado por la «Gran
Iglesia», esto debió de producir un distanciamiento respecto a una
concepción cristiana que concebía la salvación en el marco de una
Iglesia cada vez más institucional y, por tanto, más integrada en las
estructuras políticas dominantes. Se explica así que en una época de
inseguridad económica, de ruptura de lazos entre los campesinos y su
comunidad, muchos de estos cristianos imbuidos de una profunda
religiosidad tradicional, que habían encontrado su expresión en las
formas de cristianismo carismático de los primeros siglos, buscasen una
salida personal e individualista a sus inquietudes al margen de la
sociedad que les rodeaba. Estas tendencias debieron verse acentuadas a
comienzos del siglo IV al desencadenarse la persecución de Diocleciano y
sus sucesores, que en Egipto alcanzaron una especial violencia. El
desierto, ya poblado de anacoretas, fue la salida más cómoda para muchos
cristianos de las aldeas y de las ciudades, incluida Alejandría, que
rehuían a las autoridades romanas.
El período que siguió a las
persecuciones, con la aceptación del cristianismo por Constantino y la
integración definitiva de la Iglesia en la sociedad y el abandono de
muchos de los postulados y principios en que el cristianismo se había
basado hasta entonces, debió acelerar e intensificar el proceso. El
anacoretismo se convirtió en una forma de rebelión y de protesta social y
religiosa y el ejemplo se trasplantó a otros muchos lugares del
Imperio. Pero nunca fue un movimiento organizado. Era el tiempo del
individualismo, de la protesta individual, que no aspiraba a transformar
ni a crear algo nuevo que reemplazase aquello de lo que se huía.
Representó la concepción del cristianismo como salvación del individuo
frente a una concepción social, en grupo, urbana y civilizada defendida
por ejemplo en san Pablo y su idea del «cuerpo místico». El anacoreta
lucha solo y los enemigos que tiene que vencer son enemigos personales,
el cuerpo y su expresión más cuajada, la sexualidad, y el demonio. Para
él no existe el concepto de pecado social, todos los pecados son
individuales.
Un movimiento espontáneo, desorganizado, sin
control de ningún tipo como éste tenía que dar lugar a todo tipo de
excesos, abusos y degeneraciones. Es indudable que la mayoría de los que
se retiraban al desierto lo hacían llevados de un ansia espiritual
auténtica que buscaba el encuentro inmediato con lo divino. Pero aislado
de todo, encerrado en su gruta o en una vieja tumba saqueada, sin más
contacto que con el sol ardiente y el desierto, la mente del eremita
caía en las más extrañas elucubraciones que, tanto ellos como la
literatura de la época, atribuyen al demonio, y en prácticas aberrantes.
Por otra parte, en su retiro se encontraba con frecuencia con los otros
«anacoretas» que huían por motivos no tan religiosos: bandoleros,
asesinos, prófugos del ejército convivían con frecuencia con estos
monjes y muchas veces eran convertidos a la búsqueda religiosa. Si el
desierto era un lugar óptimo para encontrar a Dios, también estaba
expuesto a toda clase de peligros. No extraña que las mismas fuentes
antiguas que exaltaban los méritos y hazañas ascéticas de estos
«santos», no oculten tampoco con frecuencia sus caídas. La literatura
hagiográfica es, a este respecto, una descripción de las más altas
hazañas de que es capaz la naturaleza y de las más bajas caídas y las
más extrañas aberraciones, más humanas éstas que aquéllas".
2. San Pacomio y los orígenes de la vida cenobítica
En este contexto surge la figura y la obra de San Pacomio, que trató de
dar una organización y una sistematización a este movimiento ascético.
San Pacomio fue uno de estos miles de campesinos egipcios que se
sintieron atraídos por el desierto en la segunda mitad del siglo III e
iniciaron una vida anacorética. Pero, como otros muchos, experimentó
pronto las deficiencias que ofrecía y los peligros a que daba lugar la
vida solitaria. Esta experiencia había llevado a muchos a formar
colonias de anacoretas que llevaban una cierta vida en común,
reuniéndose para celebrar algunos servicios, como los actos litúrgicos.
Se trataba, a lo que sabemos, de comunidades embrionarias y escasamente
organizadas. San Pacomio fue, si no el primero que lo intentó, sí el
primero que logró una sistematización y organización de estas colonias
que dio lugar a una forma de vida comunitaria o cenobítica (koinos
bios). La implantación y la generalización de ésta supuso un notable
avance sobre lo que ya existía y dio origen a las primeras formas de
vida comunitaria que serán el punto de partida de todas las formas de
monacato posteriores.
San Pacomio es, en mayor medida aún que
San Antonio, un típico representante de los propietarios campesinos
egipcios escasamente influidos por la civilización urbana mediterránea.
Originario de una aldea de la Alta Tebaida, Esne, pertenecía a una
familia de campesinos pagana, y fue durante su servicio militar en el
ejército romano cuando se convirtió al cristianismo y experimentó la
llamada del desierto". Sus biógrafos narran su conversión a partir de
una experiencia vivida recién enrolado en e! ejército: conoció a unos
cristianos que se dedicaban a ayudar y consolar a los reclutas enrolados
de mala gana. Este ejemplo le llevó a convertirse al cristianismo y
hacer la promesa de dedicarse a ayudar a los demás si lograba librarse
del ejército. Poco después fue liberado contra toda esperanza. Cabe
preguntarse si en esta narración no se oculta una explicación «piadosa»
de su deserción del ejército.
Hacia el 320 llevó a cabo la
fundación del primer cenobio o koinonia en Tabennesi, cerca de su lugar
natal, y a éste le siguieron otros hasta un total de nueve, dos de ellos
femeninos. Del mismo modo que San Antonio no fue iniciador del
anacoretismo sino que con él adquirió éste carta de naturaleza, tampoco
San Pacomio ideó por vez primera la vida en común, pues ya antes de él
había habido otros intentos que habían tenido escaso éxito, al igual que
fracasaron los primeros intentos del propio San Pacomio. De estas
experiencias frustradas, propias y ajenas, debió extraer las
consecuencias para la organización de sus comunidades. Estas, en efecto,
se presentan como una experiencia imaginativa y eficaz, pero basada en
una perfecta organización de la vida comunitaria capaz de satisfacer las
aspiraciones de las personas que acudían.
La clave del éxito
de San Pacomio creemos que radica en que supo hacer compatible el
espíritu individualista y las exigencias de una vida en común
organizada. Cada koinonia constaba de una serie de «casas» dispersas en
un amplio recinto cerrado por un tapial. En cada una de estas «casas»
vivían unas veinte personas que llevaban una vida con gran
independencia, con su propia celda individual o para dos personas.
Incluso, aunque existían una serie de servicios comunes (cocina,
comedor, despensa, biblioteca, etc.), cada monje gozaba de una amplia
libertad para asistir a los servicios comunes, rezos, comida, trabajo...
Pero, basado en una fluida jerarquía, creó un perfecto entramado en el
ámbito de cada koinonia y de éstas entre sí. Cada «casa» tenía un
responsable, prepósito o prefecto y cada tres o cuatro «casas»
constituían una tribu. Al frente de toda la Comunidad se hallaba un
superior ayudado por un «segundo» y un ecónomo responsable de toda la
administración económica. A su vez, cada una de las koinonias vivía en
un régimen de dependencia de un superior general, el propio San Pacomio,
que, a su vez, era ayudado por un ecónomo general. La organización del
trabajo en la comunidad se reglamenta de una manera estricta pues cada
«casa» estaba especializada en un servicio determinado: una era la
responsable de preparar las mesas de los demás, otra de los enfermos,
otra de los huéspedes, etc. En cada comunidad aparecen los «semaneros» o
«hebdomadarios», cada uno de los cuales es responsable de un servicio
general durante una semana.
Se impone de modo evidente que San
Pacomio organiza sus comunidades tomando como modelo la sociedad egipcia
que lo rodea y que a partir de ésta trata de montar una comunidad
independiente. Si el anacoreta huía al desierto como acto individualista
de rechazo de la sociedad en que vive, Pacomio lleva más adelante esta
protesta organizando una sociedad paralela a la sociedad civil
imperante, pero tomando a ésta como punto de referencia. Cada koinonia
se configura como una aldea, e incluso algunas fuentes las denominan
«pueblo», formada por familias agrupadas en «casas». El recinto que las
rodea es un verdadero «témenos» que marca esta condición de separación y
apartamiento y resalta su condición de lugar sagrado, separado del
mundo. Se trata de verdaderas «repúblicas» independientes plasmadas
sobre el modelo de organización de las aldeas egipcias y de la
estructura administrativa romana.
Como no podía ser menos, la
base económica de la koinonia es la tierra, a cuyo trabajo se entregaban
los propios monjes. Con el tiempo, los monasterios se convertirán en
grandes propietarios de tierras y en unidades económicas independientes.
Como actividades y fuentes de ingresos complementarios trabajan también
en la artesanía, fabricando todo tipo de productos. En la organización
de la producción desempeñaba un papel fundamental la organización de la
koinonia en «casas». San Jerónimo señala en el prólogo a su traducción
latina de las Reglas que las casas agrupaban a los miembros que ejercían
un mismo oficio: tejedores, estereros, carpinteros, zapateros,
bataneros, sastres, etc. El ecónomo general es el responsable de la
administración de todos los fondos y de la comercialización de sus
productos que no sólo alcanzó a las aldeas y ciudades próximas, sino que
llega incluso a Alejandría.
El carácter de contestación y
protesta contra la sociedad y la administración civil imperante se
manifiesta de modo claro en el componente social de los miembros que
entran a formar parte de estas comunidades. La información de las
fuentes a este respecto es abundante y pone de manifiesto que se nutrían
de la población de las ciudades y aldeas próximas en las que abundaban
los desheredados, desarraigados, fugitivos... Es decir, el mismo tipo de
gente que tradicionalmente buscaban salida en la anakhoresis. Una
anécdota de la vida del primer monasterio pacomiano ilustra muy bien
esta realidad. En una ocasión un «semanero» o «hebdomadario» le pegó a
un hermano durante el trabajo y éste le devolvió el golpe. San Pacomio
juzgó el caso expulsando al «semanero» y excluyendo al otro de la
comunidad por un tiempo. Pero se levantó otro miembro protestando por el
juicio y le secundaron la mayoría amenazando con marcharse todos en
solidaridad con el expulsado, aduciendo que todos eran pecadores y nadie
estaba exento de culpa. Ante tal situación, Pacomio rectificó,
haciéndose estas reflexiones: ¿No es el cenobio el refugio en que hallan
la salvación eterna los asesinos, los adúlteros, los magos, los
pecadores de toda clase? ¿Quién soy yo para expulsar a un hermano de
este asilo? ¿No mandó el Señor perdonar sin límite? Y en adelante tomó
la decisión de corregir a los delincuentes en vez de expulsarlos.
La rusticidad y la incultura que dominaba a los miembros de las
comunidades no era sino reflejo del medio rural egipcio en que surgen.
Por ello San Pacomio intentó también desarrollar una labor de formación
cultural y de alfabetización. El mejor exponente de este afán es la
creación de una biblioteca en cada koinonia, y la insistencia en las
Reglas de que todos los analfabetos aprendieran a leer, para lo que se
establecieron tres horas diarias, dirigidos por otros monjes. El
objetivo, naturalmente, era que todos tuvieran acceso a las Escrituras,
que sirven de este modo de vehículo cultural. La lengua predominante era
el copto, que era la del propio San Pacomio, lo que contribuyó
enormemente a afirmar en el interior de Egipto la lengua, cultura y
tradiciones coptas muy alejadas de las imperantes en Alejandría.
La piedad y las prácticas religiosas preconizadas por San Pacomio
muestran también su adaptación al medio popular y campesino egipcio.
Pacomio huye de los duros ejercicios ascéticos que caracterizaban a los
anacoretas, su regla es moderada y clemente, la piedad se basa en la
recitación de salmos y otros pasajes bíblicos, aprendidos de memoria,
dos veces al día. En todo esto se refleja la concepción de un
cristianismo popular, que se reafirma en el hecho de que el propio
Pacomio y sus inmediatos sucesores no fueron ordenados presbíteros, ni
tampoco quería que lo fuesen sus monjes. La contraposición con el
cristianismo oficial imperante es evidente. Aunque San Pacomio no rompe
con la jerarquía eclesiástica y es respetuoso con ella, sin embargo no
recomienda el acceso de sus monjes a las órdenes sagradas, consejo que
se basa en que generalmente son «origen de celos, envidias y
discordias».
Así, pues, koinonia pacomiana es unidad económica,
unidad cultural y unidad religiosa. Se concibe y configura frente a lo
que les rodea, como rechazo y aislamiento (témenos) de la administración
romana, de la cultura griega y de la Iglesia oficial, tratando de
buscar y reafirmar su propia identidad. Como señala muy bien M. Mazza,
«identidad cultural significaba también, en gran medida, identidad
social. Como ya hemos dicho, en los monasterios se reunían elementos de
la sociedad egipcia que habían sido rechazados durante siglos y habían
sido marginados de la sociedad imperial helenístico-romana; en ellos se
encontraba una nueva identidad social. Aquí está uno de los elementos
principales del inesperado éxito de la vida cenobítica a comienzos de la
Antigüedad tardía... El cenobio, además de una organización económica y
social, era una estructura cultural muy conexionada».
Con San
Pacomio se alcanzó ciertamente el máximo grado de insti-tucionalización
de la vida ascética entre las diversas experiencias que se habían
llevado a cabo hasta la época. Su obra fue continuada por sus sucesores
(Petronio, Orsiesio, Teodoro), pero también surgieron imitaciones,
disensiones y cismas. El más importante fue el protagonizado a mediados
del siglo IV por Pgol, quien fundó un monasterio de tipo pacomiano junto
al pueblo de Atripe en la zona de Akhmin, también en la Tebaida. A Pgol
le sucedió a finales del siglo su sobrino Shenute, (o también conocido
como Schenouda) quien llevó este monasterio, conocido como el Monasterio
Blanco, a su máximo apogeo. Shenute hizo del Monasterio Blanco un
emporio económico, político y religioso. A su muerte se había convertido
en un enorme latifundio con 2.200 monjes y 1.800 monjas que incluía
pueblos enteros. Su personalidad y su formación cultural son
contradictorias y apasionantes y representan muy bien lo que podían
llegar a ser estos indígenas egipcios «ilustrados»: irascible y
dominante —se decía que en una ocasión había matado a un monje con sus
propias manos—, conocedor superficial de la cultura griega que no supo
asimilar, su cultura religiosa se basaba en una interpretación elemental
y simple de la Escritura, ajena a cualquier elucubración teológica.
Hizo del copto, idioma en que escribió una gran cantidad de cartas y
sermones, la lengua oficial del cristianismo egipcio que lo elevó a los
altares. Shenute llevó a su máximo desarrollo ciertas tendencias al
particularismo que ya se manifiestan en San Pacomio. Su gran biógrafo de
comienzos de este siglo, J. Leipoldt, le atribuye el haber originado el
cristianismo nacionalista egipcio. Aunque el término «nacionalista», al
menos en este periodo, resulta discutible, es indudable que Shenute
creó un poder económico y social autónomo de las autoridades civiles,
militares y religiosas y de los grandes propietarios, frente a todos los
cuales defendía a sus monjes-campesinos con formas violentas que
estuvieron a punto de desembocar en una guerra abierta. Cabe destacar
que Shenute o Shenouda es sólo reconocido como santo por la Iglesia
Copta, no así por las Iglesias Ortodoxas.
3. La herencia de San Antonio y de San Pacomio
Los excesos en que desembocó el cenobitismo bajo la órbita de Shenute
son el lógico desarrollo de la experiencia socio-religiosa iniciada por
San Pacomio en un medio tan peculiar como el del Egipto del Valle del
Nilo en la época romana. En este momento, el conocimiento del
anacoretismo del tipo de Antoniano y del cenobitismo pacomiano había
llegado a casi todos los puntos del Imperio y había provocado enorme
atractivo y numerosas adhesiones e imitaciones. Aunque eran el fruto de
un medio y una experiencia específicamente egipcios, las apetencias
religiosas y las aspiraciones sociales a que trataban de dar
satisfacción estaban ampliamente arraigadas en la sociedad tardo-romana.
La desaparición paulatina a partir del siglo III del espíritu «cívico» y
de las formas de vida urbana, en que se habían fundamentado la sociedad
y la cultura helenístico-romana dominantes, estaban siendo sustituidas
por una nueva mentalidad y una nueva escala de valores, que requerían
encontrar la adecuación de nuevas formas sociales que reemplazasen a las
que representaba y sustentaba la ciudad antigua. Es ya de por sí
significativo que tanto San Antonio como San Pacomio procediesen de un
medio social y cultural copto —ni siquiera hablaban griego y lo mismo
sucedía con la mayoría de sus seguidores— tan alejados de la
civilización urbana que tenía su máxima expresión en Alejandría. El
modelo de hombre santo, que San Antonio encarnaba y proponía a la
imitación, y el modelo de organización social separada y contestataria
que logró implantar San Pacomio, representaron dos soluciones a
inquietudes ampliamente extendidas, lo que explica su rápido éxito.
Ya en la primera mitad del siglo IV comenzaron a difundirse por casi
todo el Imperio, pero en especial en Oriente, diversas formas de vida
monacal, inspiradas en los modelos egipcios. Cuando San Atanasio publicó
su Vida de Antonio (poco después del 356), la obra se convirtió en
verdadero best-seller y fue inmediatamente traducida al latín y a otras
lenguas minoritarias y, siguiendo su modelo, surgió una literatura de
«vidas de santos» que era devorada por todo tipo de lectores. De modo
similar, también las Reglas de Pacomio fueron traducidas al griego, al
latín y a otras lenguas y comenzaron a circular distintas versiones e
imitaciones. El éxito de este tipo de literatura iba acompañado de la
imitación y la difusión de las formas de vida cristiana que encarnaban.
Las colonias de anacoretas egipcios y los monasterios pacomianos se
convirtieron enseguida en centros de peregrinación donde acudían gentes
de todos los pueblos del Imperio. Paralelamente, en otros países, y en
especial en Siria, las diversas formas de ascetismo y de monacato
tuvieron una difusión y arraigo comparable al de Egipto y la carrera por
realizar las formas de ascetismo más extremas y extravagantes dejaron
empequeñecidas las experiencias de los anacoretas egipcios. El caso de
los santos estilitas, con Simeón a la cabeza, es sólo una manifestación
entre otras muchas. Como ya hemos tenido ocasión de poner de relieve,
estas formas de monacato son una forma de protesta contra las
estructuras sociales y políticas del momento, pero también contra el
cristianismo dominante representado por la Iglesia jerárquica. Hay que
tener presente que la Iglesia en estos momentos estaba plenamente
integrada en el Imperio y había asimilado la mayor parte de los ideales y
valores que representaba la civilización antigua y estaba sustituyendo
las funciones de cohesión social, de difusión de una forma de cultura y
de apoyo al poder político central que la ciudad había desdeñado durante
un milenio. Se explica así el recelo y la suspicacia en unos casos, y
la oposición y el rechazo en otros, con que es visto el fenómeno
monástico y las condenas que sufre por obispos y concilios y por el
propio poder civil en ciertas ocasiones. Pero esto no bastaba para
frenar su difusión. Se puede afirmar que la Iglesia católica y
jerárquica, tal como se había configurado a partir de mediados del siglo
II, tuvo en el siglo IV su mayor enemigo en el monacato. Ni siquiera el
problema arriano representó, a nuestro modo de ver, un obstáculo
semejante.
4. El monacato urbano de San Basilio de Cesarea
Fueron muchos y variados los intentos que se llevaron a cabo para
acabar con el problema. Eran dos las alternativas que se planteaban. La
primera era que la Iglesia se amoldase a los esquemas de valores y a la
concepción del cristianismo que representaban los monjes. Esto resultaba
absolutamente inviable en una Iglesia totalmente integrada a partir de
Constantino en las estructuras del Imperio romano y, de haberse llevado a
cabo, hubiese significado el hundimiento del Estado. La otra vía era la
integración del monacato en las estructuras eclesiásticas en vigor.
Esta vía la intentaron muchos obispos, pero hubo dos factores, o mejor
dicho, dos personas que desempeñaron un papel fundamental, San Atanasio
de Alejandría y San Basilio de Cesarea. La acción del primero fue
coyuntural y marginal respecto a la evolución interna del monacato.
Cuando surge el problema del arrianismo, San Atanasio, como es bien
sabido, se convirtió en uno de los principales defensores y
portaestandarte de la teología nicena, y en la lucha que emprendió
contra los arríanos supo atraerse el apoyo de los monjes egipcios. La
Vita Antonii le ofreció la oportunidad de consolidar y difundir esta
alianza presentando una imagen del gran anacoreta leal a la causa del
obispo y al credo niceno. Este hecho tuvo una enorme trascendencia pues,
cuando, tras la muerte del emperador Valente (378), se impuso en
Oriente la teología nicena, la mayoría de los monjes egipcios eran
seguidores de esta concepción, lo que facilitó en gran medida el
entendimiento entre la Iglesia y los monjes. La importancia que este
hecho tuvo se puede deducir de la comparación con lo que sucedió en el
siglo siguiente con el monofisismo: en este caso la mayor parte de los
monjes orientales, en Siria y Egipto principalmente, se adhirieron a
esta doctrina, lo que provocó una ruptura de hecho de estos países con
el Estado bizantino y abrieron la vía a la conquista musulmana de estos
territorios.
Contemporáneo, aunque más joven que San Atanasio,
fue San Basilio de Cesarea. También Basilio jugó en el campo doctrinal
junto con los otros obispos denominados Padres capadocios, a saber, su
hermano San Gregorio de Nisa y su amigo San Gregorio de Nacianzo, un
papel decisivo en el triunfo de la teología nicena. Pero fue su
actividad en el ámbito del movimiento monástico lo que aquí queremos
resaltar. San Basilio pertenecía a la aristocracia helenizada de las
regiones interiores de Asia Menor que había aceptado pronto el
cristianismo. Fue un hombre profundamente imbuido de la cultura clásica,
estudió en Constantinopla y Atenas, pero cuando iniciaba una brillante
carrera como rétor y político se sintió también profundamente atraído
por el ascetismo monástico. El principal difusor de éste en el interior
de Asia Menor era en esta época Eustacio de Sebaste, quien preconizaba
un ascetismo extremo con marcada influencia encratista. Eustacio se
había ganado a la hermana y a la madre de San Basilio y después al
propio Basilio, que se hizo un ferviente seguidor suyo. Llevado del afán
por conocer mejor las experiencias monacales realizó un viaje por
Oriente y Egipto, donde entró en contacto con el cenobitismo pacomiano.
Esta experiencia debió influir profundamente en él. Vuelto a su tierra
hacia el 358, se retira a una propiedad familiar en el Ponto, donde con
un grupo de seguidores, entre ellos San Gregorio Nazianceno, crea una
comunidad. Pero esta experiencia de retiro ascético iba a durar poco.
Hacia el 362 o 364 el obispo de Cesarea de Capadocia, Eusebio, le
convenció para que se ordenara sacerdote, se convirtió en un auxiliar
indispensable suyo e inició en la diócesis una enorme actividad pastoral
y social. Ésta se incrementó cuando en el 370 fue elegido sucesor suyo,
como obispo de Cesarea y metropolitano de Capadocia. Hasta su muerte en
el 378 desplegaría una acción incansable en todos los órdenes,
eclesiástico, social y político, que harán de él uno de los personajes
más representativos e influyentes de su época.

Si nos hemos
detenido en señalar una serie de datos biográficos de San Basilio, se
debe a que consideramos que resultan imprescindibles para valorar la
influencia que tuvo en la evolución de la historia del monacato antiguo,
pues le dio un rumbo nuevo y una nueva concepción que lleva el sello de
las experiencias fundamentales que marcaron su propia vida: el
componente ascético y rigorista de Eustacio de Sebaste, el marcado
contenido social y comunitario del cenobitismo pacomiano, su dominio de
la filosofía y de las formas de pensamiento y de cultura griegas y su
actividad pastoral como presbítero y obispo. Este conjunto de
experiencias, contradictorias muchas de ellas, contribuyeron a
configurar su compleja y rica personalidad como monje, obispo y hombre
de acción que le llevó a intervenir de modo decisivo en todos los
problemas de su tiempo (doctrinales, de política eclesiástica, sociales,
políticos, etc.) y de la que nos ha dejado testimonio en su variada y
amplia obra escrita (cartas, sermones, tratados teológicos y ascéticos).
La investigación histórica reciente ha dedicado una gran atención al
análisis de la concepción basiliana de la vida monástica y a su
aportación a la evolución del monacato, basándose especialmente en el
estudio de las que se han denominado sus Regulae, de las que parece
compuso dos ediciones diferentes, una más larga y otra más breve,
contenidas en el tratado conocido como Asketikon. Este planteamiento ha
llevado a establecer una serie de comparaciones con las Reglas de
Pacomio como si Basilio hubiese elaborado en estos escritos un cuerpo de
doctrina monástico y un código normativo para regular la vida en
comunidad. Entre esta bibliografía cabe resaltar el amplio análisis
realizado por E. Amand de Mendieta comparando los sistemas pacomiano y
basiliano y que ha resumido muy bien García de Colombás:
La
obra de San Pacomio es práctica y concreta, mientras que la de San
Basilio se funda en una doctrina ascética y monástica coherente... San
Pacomio crea inmensos monasterios, San Basilio prefiere comunidades
mucho más reducidas, auténticas «hermandades». San Pacomio centraliza,
San Basilio opta por la descentralización. San Pacomio alienta la
ascesis individualista, San Basilio no se fía de ella. San Pacomio
impone una gran cantidad de trabajo manual, San Basilio halla un mejor
equilibrio entre la oración y el trabajo...
Todo esto es
seguramente cierto y M. Mazza ha sabido glosar estas características y
encuadrarlas en el contexto social en que se desarrolló la vida de San
Basilio. Pero creemos que éste es un planteamiento reductor de lo que
representó el monacato en la vida y la obra de San Basilio. El obispo de
Cesarea, como hemos dicho, no elaboró unas reglas monásticas al estilo
de Pacomio y de lo que después hará en Occidente san Benito, pues su
concepción del monacato está estrechamente fundida con su propia vida y
su acción como presbítero y obispo ha quedado reflejada, no en una de
sus obras, sino en toda su producción literaria, y en su propia
biografía. Creemos que la enorme influencia que San Basilio ejerció en
la vida de la Iglesia y la sociedad de su tiempo deriva, más que del
hecho de haber sido creador de comunidades monásticas y legislador de la
vida comunitaria, aunque ciertamente fue ambas cosas, de que en su
persona encarne un tipo de hombre nuevo, muy distinto del “Hombre Santo”
que representan los ascetas egipcios en la versión de San Antonio y de
San Pacomio. Para comprender esto hay que tomar de modo global la
persona y la obra de San Basilio, pues, al igual que San Pacomio y San
Antonio, sólo se explican en el ámbito de la sociedad egipcia en que
vivieron, Basilio es un «producto» de un medio geográfico e histórico
muy diferente.
Hemos señalado antes los diversos factores que
influyeron en su formación. A ello hay que añadir que en San Basilio se
dan casi todas las características del «hombre nuevo» que encarnan las
élites dirigentes del bajo Imperio en el Oriente del mismo: aristócrata y
terrateniente, profundamente apegado a la vida urbana, rétor y amante
de la cultura griega, pero con profundas convicciones cristianas, monje,
presbítero y obispo. Hubo un hecho que creemos resultó decisivo en su
vida: cuando, llevado de sus entusiasmos ascéticos, vivía retirado en lo
que él consideraba una vida casi idílica en sus posesiones de Annesi, a
orillas del río Iris en el Ponto, cedió a las presiones del obispo de
Cesárea para ser ordenado sacerdote y compartir con él las
responsabilidades del gobierno de la metrópoli. San Basilio aceptó, pero
no renunció a seguir siendo monje. Hizo compatible la vida monacal con
su actividad incansable al frente de la Iglesia. Este ideal nuevo de
monje y hombre de acción, de asceta y de miembro de la jerarquía
eclesiástica que él realizó en su vida, trató de infundirlo en su
concepción del monacato que va desglosando a lo largo de sus obras
literarias. Sacó a sus monjes del retiro de las montañas del Ponto y los
convirtió en colaboradores activos de sus labores benéficas,
asistenciales y eclesiásticas. La vida monástica se convirtió para él en
una simple preparación o «noviciado» para la vida activa. Más que en
una serie de peculiaridades formales respecto a los modelos cenobíticos
anteriores, creemos que radica aquí el gran giro que Basilio acertó a
dar al monacato y que determinó de modo decisivo el futuro de la Iglesia
y de la vida monástica.
5. A modo de conclusión
Hemos
visto que el monacato surgió como un rechazo a la organización de la
sociedad y de la Iglesia imperantes en esta época crítica que ve el
final de la Antigüedad. En el siglo IV se presenta como un movimiento de
masas que va penetrando en todos los ámbitos sociales y que pone en
peligro incluso la solidez de la Iglesia jerárquica. Lo que en un
principio había sido un movimiento de campesinos incultos y
desarraigados de Egipto, a mediados del siglo IV había calado entre las
clases urbanas y las aristocracias de Oriente y Occidente poniendo en
tela de juicio los valores en que se basaban la sociedad civil y la
Iglesia. San Basilio es el típico representante de esta aristocracia
urbana y cultivada que se vio profundamente atraída por los ideales de
la vida retirada que emanan del monacato, pero en un momento dado de su
vida logró hacerlos compatibles con su formación en la cultura griega y
su apego a las formas de vida urbana en que se expresaba la civilización
antigua. La ciudad antigua tenía en Oriente una tradición y arraigo que
no había alcanzado en Occidente. La Iglesia era un producto típicamente
urbano que como institución estaba reemplazando las funciones que
durante siglos habían desempeñado las élites civiles paganas. La labor
de Basilio consistió precisamente en integrar también los ideales
monásticos en la vida urbana y ponerlos al servicio de los obispos y de
la Iglesia institucional. Este proceso se produjo en la parte oriental
del Imperio. El Occidente siguió otros derroteros y el monacato aquí
sirvió seguramente para desintegrar más una sociedad ya profundamente
dividida.
No puede comprenderse la historia posterior del
Oriente bizantino sin esta integración que se produjo entre la ciudad,
el obispo y los monjes y que aseguró la perduración durante siglos de
los ideales y las formas de vida organizada que había creado la
Antigüedad. Los monjes pasaron a constituir en las ciudades orientales
un elemento activo, díscolo y perturbador muchas veces, que participa en
todos los disturbios sociales y religiosos, pero los obispos supieron
utilizarlos para apuntalar su situación como máxima autoridad en la
ciudad reemplazando a las viejas magistraturas urbanas. El destino de
Occidente fue muy diverso. Allí el monacato sirvió seguramente para
desintegrar aún más una sociedad que ya estaba profundamente dividida.
La historia del monacato occidental es otra historia distinta. San
Benito se inspirará en san Basilio, pero el monacato que implanta se
corresponde con unos ideales y una sociedad totalmente diferente. San
Benito abandonó Roma para retirarse a Subiaco y Monte Casino; San
Basilio abandonó su retiro del Ponto para integrarse en su ciudad natal.
El destino de una y otra parte del Imperio fue totalmente diferente: la
diversa fortuna del monacato entre finales del IV y comienzos del V
marcan claramente las diferencias entre dos tipos de sociedad. Esto no
significa no reconocer el papel desempeñado por el monacato occidental
en la conservación de la cultura antigua, sino que esto se realizaría en
Occidente de distinta forma, hasta evolucionar (siglos mas tarde) a las
formas políticas y religiosas típicas de la sociedad medieval de cuño
latino, cuya realidad era absolutamente diferente a la del Mundo
bizantino medieval bajo la ocupación islámica.
-

Monasterio de San Macario, Egipto





No hay comentarios:
Publicar un comentario