Páginas
- INICIO
- QUIENES SOMOS
- ZONA PRIVADA (MIEMBROS DE LA ORDEN)
- Noviciado y Formación de la Orden de Santa María PCC
- CONSEJO PRIORAL
- BIBLIOTECA VIRTUAL
- MEMORIA ANUAL 2013
- PAGINA OFICIAL DE FACEBOOK
- CONTACTA CON NOSOTROS
- GOOGLE +
- AYUDA SOCIAL Y DE CARIDAD: PROYECTOS
- ORGANIGRAMA DE LA ORDEN
- PROTECTORADOS EXISTENTES
Quieres saber cuál es la fe que da vida y consigue la victoria? Aquella por la cual Cristo habita en lo íntimo de nuestro ser. El es nuestra virtud y nuestra vida. Cuando se manifieste Cristo, que es nuestra vida, dice el Apóstol, os manifestaréis también vosotros gloriosos con él. Esa gloria será vuestra victoria. Y nos manifestaremos con él porque vencemos por él. Solamente llegan a ser hijos de Dios los que reciben a Cristo, y únicamente en ellos se cumple lo que dice la Escritura: todo el que nace de Dios, vence al mundo.
SAN BERNARDO
Si tienes un secreto, escóndelo o revélalo (proverbio árabe)
Preámbulo de la Regla Primitiva del Temple
Nos dirigimos en primer lugar a aquellos que desprecian seguir su propia voluntad y
desean servir, con pureza de ánimo, en la caballería del rey verdadero y supremo, y a los que quieren cumplir, y cumplen, con asiduidad, la noble virtud de la obediencia. Por eso os
aconsejamos, a aquellos de vosotros que pertenecisteis hasta ahora a la caballería secular,en la que Cristo no era la única causa, sino el favor de los hombres, que os apresuréis a asociaros perpetuamente a aquéllos que el Señor eligió entre la muchedumbre y dispuso, con su piadosa gracia, para la defensa de la Santa Iglesia.
Por eso, oh soldado de Cristo, fueses quien fueses,
que eliges tan sagrada orden, conviene que en tu profesión lleves una pura diligencia y firme
perseverancia, que se sabe que es tan digna y sublime para con Dios que, si pura y
perseverantemente se observa por los militantes que diesen sus almas por Cristo, merecerán
obtener la suerte; porque en ella apareció y floreció una orden militar, ya que la caballería,
abandonando su celo por la justicia, intentaba no defender a los pobres o iglesias sino
robarlos, despojarlos y aun matarlos; pero sucedió que vosotros, a los que nuestro señor y
salvador Jesucristo, como amigos suyos, dirigió desde la Ciudad Santa a habitar en Francia y
Borgoña, no cesáis, por nuestra salud y propagación de la verdadera fe, de ofrecer Dios
vuestras almas en víctima agradable a Dios......SAN BERNARDO
Mostrando entradas con la etiqueta Homilía del Papa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Homilía del Papa. Mostrar todas las entradas
domingo, 19 de mayo de 2013
viernes, 4 de enero de 2013
TE DEUM: EL CRISTIANO ES HOMBRE DE ESPERANZA INCLUSO ANTE LAS TINIEBLAS QUE EXISTEN EN EL MUNDO
Ciudad
del Vaticano, 31 de diciembre 2012 (VIS).-El Santo Padre presidió el
lunes a las 17.00, en la Basílica Vaticana, las primeras Vísperas de la
Solemnidad de Santa María Madre de Dios. Siguieron la exposición del
Santísimo Sacramento, el canto del tradicional himno 'Te Deum' en acción
de gracias por la conclusión del año civil, y la bendición eucarística.
"No
podemos detenernos sólo en las noticias si queremos entender el mundo y
la vida; tenemos que ser capaces de permanecer en silencio y en
meditación, en reflexión silenciosa y prolongada, tenemos que ser
capaces de detenernos para pensar. De esta manera, nuestro ánimo puede
encontrar la curación de las inevitables heridas de la vida diaria,
puede profundizar en los acontecimientos que suceden en nuestras vidas y
en el mundo, y llegar a aquella sabiduría que le permite valorar las
cosas con ojos nuevos. Sobre todo en el recogimiento de la conciencia,
donde Dios nos habla, aprendemos a mirar con verdad las propias
acciones, incluso el mal presente en nosotros y alrededor de nosotros,
para iniciar un camino de conversión que nos haga más sabios y mejores,
más capaces de generar solidaridad y comunión, de vencer el mal con el
bien. El cristiano es un hombre de esperanza, incluso y sobre todo
delante de las tinieblas que a menudo existen en el mundo y que no
dependen del proyecto de Dios, sino de las decisiones equivocadas del
hombre, porque sabe que el poder de la fe mueve montañas, el Señor puede
iluminar incluso la más profunda oscuridad".
El
Año de la Fe que la Iglesia vive, prosiguió el Pontífice, "quiere
suscitar en el corazón de cada creyente una mayor conciencia de que el
encuentro con Cristo es la fuente de la verdadera vida y de una
esperanza sólida. La fe en Jesús permite una renovación constante en el
bien y la capacidad de salir de las arenas movedizas del pecado y volver
a empezar. En el Verbo hecho carne es posible, siempre de nuevo,
encontrar la verdadera identidad del hombre, que se descubre
destinatario del amor infinito de Dios y llamado a la comunión personal
con Él. Esta verdad, que Jesucristo vino a revelar, es la certeza que
nos impulsa a mirar con confianza el año que vamos a comenzar".
"La
Iglesia, que ha recibido de su Señor la misión de evangelizar, sabe
bien que el Evangelio está destinado a todas las personas, especialmente
a las nuevas generaciones, para saciar esa sed de verdad que cada uno
lleva en su corazón y que a menudo resulta ofuscada por tantas cosas que
ocupan la vida. Este compromiso apostólico es tanto más necesario
cuando la fe corre el peligro de resultar oscurecida en contextos
culturales que obstaculizan el enraizamiento personal y la presencia
social. También Roma es una ciudad en la que la fe cristiana debe ser
proclamada siempre de nuevo y testimoniada de una manera creíble. Por un
lado, el creciente número de creyentes de otras religiones, la
dificultad de las comunidades parroquiales para acercarse a los jóvenes,
la difusión de estilos de vida marcados por el individualismo y el
relativismo moral, por otro lado, muchas personas en busca de un
significado para su existencia y una esperanza que no defrauda, no
pueden dejarnos indiferentes. Al igual que el apóstol Pablo, ¡todos los
fieles de esta ciudad deben sentirse deudores del Evangelio ante los
demás habitantes!"
El
Papa terminó su homilía animando a que después del bautismo de sus
hijos, "se acompañe a los padres para que mantengan viva la llama de la
fe", y que se construya "una relación de cordial amistad con los fieles,
que después de haber bautizado a sus hijos, distraídos por las
urgencias de la vida diaria, no muestran gran interés: podrán
experimentar el cariño de la Iglesia, que como madre premurosa, se pone a
su lado para favorecer su vida espiritual".
Al
final de la ceremonia, Benedicto XVI visitó el Belén instalado junto al
obelisco situado en el centro de la plaza de San Pedro.
miércoles, 31 de octubre de 2012
Benedicto XVI en catequesis sobre Guillermo de San Thierry
Queridos hermanos y amigos aqui os dejamos un texto interesante de nuestro Santo Padre en referencia a la figura de Guillermo de Sant Thierry
BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 2 de diciembre de 2009
Guillermo de San Thierry
Queridos hermanos y hermanas:
En una catequesis anterior presenté la figura de san Bernardo de Claraval, el
"doctor de la dulzura", gran protagonista del siglo XII. Su biógrafo —amigo y
admirador— fue Guillermo de Saint-Thierry, sobre el que quiero reflexionar esta
mañana.
Guillermo nació en Lieja entre los años 1075 y 1080. De familia noble, dotado
de una inteligencia viva y de un innato amor al estudio, se formó en escuelas
famosas de la época, como las de su ciudad natal y de Reims, en Francia. También
entró en contacto personal con Abelardo, el maestro que aplicaba la filosofía a
la teología de manera tan original que creaba desconcierto y oposición. El
propio Guillermo manifestó sus dudas, solicitando a su amigo Bernardo que tomara
posición respecto a Abelardo. Respondiendo a esa misteriosa e irresistible
llamada de Dios que es la vocación a la vida consagrada, Guillermo entró en el
monasterio benedictino de Saint-Nicaise de Reims en 1113, y algunos años después
llegó a ser abad del monasterio de Saint-Thierry, en la diócesis de Reims.
En aquel tiempo estaba muy difundida la exigencia de purificar y renovar la
vida monástica, para que fuera auténticamente evangélica. Guillermo actuó en
este sentido dentro de su propio monasterio, y en la Orden benedictina en
general. Sin embargo, encontró no pocas resistencias ante sus intentos de
reforma; así, a pesar de que se lo desaconsejó su amigo Bernardo, en 1135 dejó
la abadía benedictina, renunció al hábito negro y se puso el blanco, para unirse
a los cistercienses de Signy. Desde ese momento hasta su muerte, acaecida en
1148, se dedicó a la contemplación orante de los misterios de Dios, desde
siempre objeto de sus deseos más profundos, y a la composición de escritos de
literatura espiritual, importantes en la historia de la teología monástica.
Una de sus primeras obras se titula De natura et dignitate amoris (La
naturaleza y la dignidad del amor). En ella se expresa una de las ideas
fundamentales de Guillermo, que vale también para nosotros. La energía principal
que mueve al alma humana —dice— es el amor. La naturaleza humana, en su esencia
más profunda, consiste en amar. En definitiva, a cada ser humano se le
encomienda una sola tarea: aprender a querer, a amar de modo sincero, auténtico
y gratuito. Pero sólo en la escuela de Dios se realiza esta tarea y el hombre
puede alcanzar el fin para el que ha sido creado. Escribe Guillermo: "El arte
de las artes es el arte del amor... El amor es suscitado por el Creador de la
naturaleza. El amor es una fuerza del alma, que la conduce como por un peso
natural al lugar y al fin que le es propio" (La naturaleza y la dignidad del
amor, 1: PL 184, 379). Aprender a amar requiere un camino largo y
arduo, que Guillermo articula en cuatro etapas, según las edades del hombre: la
infancia, la juventud, la madurez y la vejez. En este itinerario la persona debe
imponerse una ascesis eficaz, un fuerte dominio de sí mismo para eliminar todo
afecto desordenado, toda concesión al egoísmo, y unificar su vida en Dios,
fuente, meta y fuerza del amor, hasta alcanzar la cumbre de la vida espiritual,
que Guillermo define como "sabiduría". Al final de este itinerario ascético se
experimenta una gran serenidad y dulzura. Todas las facultades del hombre
—inteligencia, voluntad y afectos— descansan en Dios, conocido y amado en
Cristo.
También en otras obras Guillermo habla de esta vocación radical al amor a
Dios, que constituye el secreto de una vida realizada y feliz, que él describe
como un deseo incesante y creciente, inspirado por Dios mismo en el corazón del
hombre. En una meditación dice que el objeto de este amor es el Amor con "A"
mayúscula, es decir, Dios. Es él quien se derrama en el corazón de quien ama y
lo capacita para recibirle. Se da hasta que el corazón queda saciado de tal modo
que nunca disminuye el deseo de esta saciedad. Este impulso de amor es la
plenitud del hombre" (De contemplando Deo 6, passim: SC 61 bis,
pp. 79-83). Llama la atención el hecho de que Guillermo, al hablar del amor a
Dios, atribuya notable importancia a la dimensión afectiva. En el fondo,
queridos amigos, nuestro corazón está hecho de carne, y cuando amamos a Dios,
que es el Amor mismo, ¿cómo no expresar en esta relación con el Señor también
nuestros sentimientos más humanos, como la ternura, la sensibilidad y la
delicadeza? ¡El Señor mismo, al hacerse hombre, quiso amarnos con un corazón de
carne!
Según Guillermo, además, el amor tiene otra propiedad importante: ilumina la
inteligencia y permite conocer mejor y de manera más profunda a Dios y, en Dios,
a las personas y los acontecimientos. El conocimiento que procede de los
sentidos y de la inteligencia reduce, pero no elimina, la distancia entre el
sujeto y el objeto, entre el yo y el tú. El amor, en cambio, suscita atracción y
comunión, hasta el punto de que se produce una transformación y una asimilación
entre el sujeto que ama y el objeto amado. Esta reciprocidad de afecto y de
simpatía permite un conocimiento mucho más profundo que el que se obtiene sólo
con la razón. Así se explica una célebre expresión de Guillermo: "Amor ipse
intellectus est", "El amor es en sí mismo principio de conocimiento".
Queridos amigos, podemos preguntarnos: ¿no es precisamente esto lo que sucede
en nuestra vida? ¿No es verdad que realmente sólo conocemos a quien y
lo que amamos? Sin cierta simpatía no se conoce a nadie ni nada. Y esto vale
ante todo en el conocimiento de Dios y de sus misterios, que superan la
capacidad de comprensión de nuestra inteligencia: ¡A Dios se lo conoce si se lo
ama!
Una síntesis del pensamiento de Guillermo de Saint-Thierry se encuentra en
una larga carta dirigida a los cartujos de Mont-Dieu, a los que había visitado y
quería alentar y consolar. El docto benedictino Jean Mabillon, ya en 1960 dio a
esta carta un título significativo: Epistola aurea (Carta de oro).
En efecto, las enseñanzas sobre la vida espiritual contenidas en ella son
preciosas para todos los que desean crecer en la comunión con Dios, en la
santidad. En este tratado Guillermo propone un itinerario en tres etapas. Es
necesario —dice él— pasar del hombre "animal" al "racional" para llegar al
"espiritual". ¿Qué quiere decir nuestro autor con estas tres expresiones? Al
principio una persona acepta con un acto de obediencia y de confianza la visión
de la vida inspirada por la fe. Después con un proceso de interiorización, en el
que la razón y la voluntad desempeñan un papel muy importante, la fe en Cristo
es acogida con profunda convicción y se experimenta una armoniosa
correspondencia entre lo que se cree y se espera y las aspiraciones más secretas
del alma, nuestra razón y nuestros afectos. Así se llega a la perfección de la
vida espiritual, cuando las realidades de la fe son fuente de íntima alegría y
de comunión real con Dios, que sacia. Se vive sólo en el amor y para el amor.
Guillermo funda este itinerario en una sólida visión del hombre, inspirada en
los antiguos Padres griegos —sobre todo en Orígenes—, los cuales, con un
lenguaje audaz, habían enseñado que la vocación del hombre es llegar a ser como
Dios, que lo creó a su imagen y semejanza. La imagen de Dios presente en el
hombre lo impulsa hacia la semejanza, es decir hacia una identidad cada vez más
plena entre su propia voluntad y la divina. A esta perfección, que Guillermo
llama "unidad de espíritu", no se llega con el esfuerzo personal, aunque sea
sincero y generoso, porque hace falta otra cosa. Esta perfección se alcanza por
la acción del Espíritu Santo, que habita en el alma, y purifica, absorbe y
transforma en caridad todo impulso y todo deseo de amor presente en el hombre.
"Hay otra semejanza con Dios", leemos en la Epistola aurea, "que ya no se
llama semejanza, sino unidad de espíritu, cuando el hombre llega a ser uno con
Dios, un espíritu, no sólo por la unidad de un idéntico querer, sino por no ser
capaz de querer otra cosa. De esa manera, el hombre merece llegar a ser no Dios,
sino lo que Dios es: el hombre se convierte por gracia en lo que Dios es por
naturaleza" (Epistola aurea 262-263: SC 223, pp. 353-355).
Queridos hermanos y hermanas, este autor, que podríamos definir como el
"cantor del amor, de la caridad", nos enseña a realizar en nuestra vida la
opción de fondo, que da sentido y valor a todas las demás opciones: amar a Dios
y, por amor a él, amar a nuestro prójimo; sólo así podremos encontrar la
verdadera alegría, anticipación de la felicidad eterna. Sigamos, por tanto, el
ejemplo de los santos para aprender a amar de manera auténtica y total, para
entrar en este itinerario de nuestro ser. Con una joven santa, doctora de la
Iglesia, Teresa del Niño Jesús, digamos también nosotros al Señor que queremos
vivir de amor.
Concluyo propiamente con una oración de esta santa: "Yo te amo, y tú lo
sabes, Jesús mío. Tu Espíritu de amor me abrasa con su fuego. Amándote yo a ti
atraigo al Padre; mi débil corazón se entrega a él sin reserva. ¡Oh augusta
Trinidad, eres la prisionera, la santa prisionera de mi amor. (...) Vivir de
amor es darse sin medida, sin reclamar salario aquí en la tierra... Cuando se
ama no se hacen cálculos. Yo lo he dado todo al Corazón divino, que rebosa
ternura. Nada me queda ya... Corro ligera. Ya mi única riqueza es vivir de
amor".
domingo, 7 de octubre de 2012
BENEDICTO XVI PROCLAMA DOCTOR DE LA IGLESIA A SAN JUAN DE AVILA
EUROPA PRESS. 07.10.2012
El Papa Benedicto XVI ha proclamado Doctor de la Iglesia al español San Juan de Ávila junto a la alemana santa Hildegarda de Bingen durante la Celebración Eucarística de apertura del Sínodo de los Obispos de la Nueva Evangelización y ha destacado que San Juan de Ávila que vivió en el siglo XVI fue un "profundo conocedor de las Sagradas Escrituras, estaba dotado de un ardiente espíritu misionero".
La delegación española presente en la proclamación estaba encabezada por la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría y la secretaria general del PP, Maria Dolores de Cospedal. Además, cientos de fieles han peregrinado desde España para estar presentes en la proclamación. Además, un total de 62 están presentes, entre ellos, el presidente de la CEE, cardenal Antonio Maria Rouco Varela.
El Pontífice ha remarcado que San Juan de Ávila "supo penetrar con singular profundidad en los misterios de la redención obrada por Cristo para la humanidad" al ser "hombre de Dios, unía la oración constante con la acción apostólica" y añadido que el nuevo doctor de la Iglesia español "se dedicó a la predicación y al incremento de la práctica de los sacramentos, concentrando sus esfuerzos en mejorar la formación de los candidatos al sacerdocio, de los religiosos y los laicos, con vistas a una fecunda reforma de la Iglesia".
Durante la Misa presidida por el Papa ha sido inaugurada la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que tiene como tema 'La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana'.
En su homilía ha remarcado que esta temática "responde a una orientación programática para la vida de la Iglesia, la de todos sus miembros, las familias, las comunidades, la de sus instituciones" y tal evento se refuerza por la coincidencia con el comienzo del Año de la fe, que tendrá lugar el próximo jueves 11 de octubre, en el 50 aniversario de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II.
Benedicto XVI ha reflexionado sobre la 'nueva evangelización' y la ha relacionado con la evangelización ordinaria y con la misión ad gentes porque ha resaltado que "la Iglesia existe para evangelizar" así como ha destacado a las dos figuras luminosas que ha proclamado Doctores de la Iglesia, san Juan de Ávila y santa Hildegarda de Bingen "también en nuestro tiempo el Espíritu Santo ha suscitado en la Iglesia un nuevo impulso para anunciar la Buena Noticia, un dinamismo espiritual y pastoral que ha encontrado su expresión más universal y su impulso más autorizado en el Concilio Ecuménico Vaticano II".
Asimismo, el Papa ha remarcado las dos 'ramas' especificas de la evangelización, por una parte, "la missio ad gentes, que es el anuncio del Evangelio a aquellos que aun no conocen a Jesucristo y su mensaje de salvación" y por otra parte "la nueva evangelización, orientada principalmente a las personas que, aun estando bautizadas, se han alejado de la Iglesia, y viven sin tener en cuenta la praxis cristiana."
También ha agregado que la Asamblea sinodal que hoy se abre esta dedicada a esta nueva evangelización "para favorecer en estas personas un nuevo encuentro con el Señor, el único que llena de significado profundo y de paz la existencia; para favorecer el redescubrimiento de la fe, fuente de gracia que trae alegría y esperanza a la vida personal, familiar y social".
Por otra parte, el Pontífice ha subrayado que "que el matrimonio constituye en sí mismo un evangelio, una Buena Noticia para el mundo actual, en particular para el mundo secularizado" y ha agregado que "la unión del hombre y la mujer, su ser 'una sola carne' en la caridad, en el amor fecundo e indisoluble, es un signo que habla de Dios con fuerza".
En este sentido ha reconocido que "lamentablemente y por varias causas, el matrimonio, precisamente en las regiones de antigua evangelización, atraviesa una profunda crisis" y ha agregado que "el matrimonio está unido a la fe, no en un sentido genérico" sino que el matrimonio "como unión de amor fiel e indisoluble, se funda en la gracia que viene de Dios Uno y Trino, que en Cristo nos ha amado con un amor fiel hasta la cruz".
Benedicto XVI también ha subrayado que existe "una evidente correspondencia entre la crisis de la fe y la crisis del matrimonio" y que la Iglesia "afirma y testimonia desde hace tiempo" que el matrimonio está llamado a "ser no sólo objeto, sino sujeto de la nueva evangelización" y ha reiterado "una de las ideas clave del renovado impulso que el Concilio Vaticano II ha dado a la evangelización es la de la llamada universal a la santidad, que como tal concierne a todos los cristianos".
En esta línea, ha destacado que "los santos son los verdaderos protagonistas de la evangelización en todas sus expresiones" ya que ellos son, también de forma particular, "los pioneros y los que impulsan la nueva evangelización" porque "con su intercesión y el ejemplo de sus vidas, abierta a la fantasía del Espíritu Santo, muestran la belleza del Evangelio y de la comunión con Cristo a las personas indiferentes o incluso hostiles" e invitan a los creyentes a vivir con alegría la fe, esperanza y caridad y a descubrir el 'gusto' por la Palabra de Dios y los sacramentos, en particular la eucaristía.
Al finalizar, el Papa ha encomendado el inicio de los trabajos de la Asamblea sinodal con "el sentimiento vivo de la comunión de los santos, invocando la particular intercesión de los grandes evangelizadores" entre los cuales ha recordado con afecto al beato Juan Pablo II, "cuyo largo pontificado ha sido también ejemplo de nueva evangelización".
SANTA HILDEGARDA DE BINGEN NUEVA DOCTORA DE LA IGLESIA JUNTO A SAN JUAN DE ÁVILA
Abadesa, líder monástica, mística, profetisa, médica, compositora, escritora alemana o "pobre pía", como le gustaba llamarse. Estas son algunas de las características de santa Hildegarda de Bingen, a las que habrá que añadir desde este domingo el título de “Doctora de la Iglesia Universal”.
El papa Benedicto XVI, quien ha decidido proclamarla como tal, dijo de ella: “Hildegarda manifiesta la versatilidad de intereses y la vivacidad cultural de los monasterios femeninos de la Edad Media, contrariamente a los prejuicios que todavía pesan sobre aquella época”.
lunes, 30 de julio de 2012
DIOS ES CAPAZ DE MULTIPLICAR NUESTROS GESTOS DE AMOR
Ciudad
del Vaticano, 29 de julio (VIS).-
El milagro de la multiplicación de los
panes y los peces como anuncio de la Eucaristía y la importancia de
compartir los bienes que se poseen fueron los temas centrales del
Ángelus de este domingo que el Papa rezó con los fieles reunidos a
mediodía en el patio del palacio apostólico de Castel Gandolfo.
En
la escena de la multiplicación, narrada en el evangelio de hoy, “la
insistencia en el tema del 'pan' que se comparte -dijo Benedicto XVI- y
en la acción de gracias recuerdan la Eucaristía”. En el mismo relato se
señala también la presencia de un muchacho que, viendo la dificultad de
dar de comer a tanta gente, divide lo poco que tiene: cinco panes y dos
peces. “El milagro- subrayó el Papa- no se produce a partir de nada;
sino partiendo de una primera y modesta división de lo que aquel
muchacho tenía. Jesús no nos pide lo que no tenemos, pero nos enseña que
si cada uno ofrece lo poco que tiene, de nuevo pueden suceder milagros:
Dios es capaz de multiplicar nuestro pequeño gesto de amor y hacernos
partícipes de su don”
En
la escena, “la multitud se maravilla del prodigio: cree que Jesús es el
nuevo Moisés, digno del poder y que el nuevo maná, es un futuro
garantizado; pero ve solamente la parte material, lo que han comido y el
Señor, 'sabiendo que venían a llevárselo para hacerlo rey se retiró
otra vez al monte, sólo'. Jesús no es un rey terrenal que ejerce un
dominio, sino un rey que sirve, que se inclina sobre el ser humano para
saciar no solamente el hambre material sino, sobre todo, el hambre más
profundo, el hambre de orientación, de sentido, de verdad, el hambre de
Dios”.
“Pidamos
al Señor, terminó el pontífice, que nos enseñe a descubrir de nuevo la
importancia de alimentarnos no sólo de pan, sino también de verdad, de
amor, de Cristo, del cuerpo de Cristo (...) Al mismo tiempo recemos para
que nunca le falte a nadie el pan necesario para una vida digna y para
que las desigualdades no se abatan con las armas de la violencia sino
con las de la división y el amor”.
El texto completo podeis encontrarlo en el siguiente enlace:
http://arraigadosyedificados.blogspot.com.es/
Etiquetas:
Ángelus,
Homilía del Papa
Ubicación:
Ciudad del Vaticano
sábado, 9 de junio de 2012
Homilía del Papa Benedicto XVI en la Misa del Corpus Christi de Roma
VATICANO, 07 Jun. 12 / 04:18 pm (ACI/EWTN Noticias).- El pasado 7 de Junio, al celebrar la Santa Misa y la procesión eucarística por la Solemnidad del Corpus Christi, el Papa Benedicto XVI dijo que la Eucaristía, el Sacramento del amor de Cristo, debe impregnar toda la vida cotidiana.
A las 7:00 p.m. hora local, el Santo Padre celebró la Santa Misa en la Basílica de San Juan de Letrán, y posteriormente dirigió la tradicional procesión junto a miles de fieles, hasta la Basílica de Santa María la Mayor.
En su homilía, Benedicto XVI reflexionó sobre dos aspectos del Misterio eucarístico: el culto de la Eucaristía y su sacralidad.
Esta tarde, quisiera meditar con vosotros sobre dos aspectos, entrelazados entre sí, del Misterio eucarístico: el culto de la Eucaristía y su sacralidad. Es importante volver a tomarlos en consideración para preservarlos de visiones incompletas del mismo Misterio, como las que se han verificado en el pasado reciente.
Ante todo, una reflexión sobre el valor del culto eucarístico, en particular de la adoración del Santísimo Sacramento.
Es la experiencia, que viviremos también esta tarde, después de la Misa, antes de la procesión, durante su desarrollo y cuando termine. Una interpretación unilateral del Concilio Vaticano II ha penalizado esta dimensión, restringiendo prácticamente la Eucaristía al momento de la celebración.
En efecto, fue muy importante reconocer la centralidad de la celebración, en la que el Señor convoca a su pueblo, lo reúne alrededor de la dúplice mesa de la Palabra y del Pan de vida, lo alimenta y lo une a Sí, en la oferta del Sacrificio. Esta valoración de la asamblea litúrgica, en la que el Señor obra y realiza su misterio de comunión, permanece naturalmente válida, pero se debe colocar en su justo equilibrio. En efecto – como sucede a menudo – queriendo subrayar un aspecto, se acaba con sacrificar otro. En este caso, la acentuación realizada sobre la celebración de la Eucaristía ha disminuido la adoración, como acto de fe y de oración dirigido al Señor Jesús, realmente presente en el Sacramento del altar. Este desequilibrio ha tenido repercusiones también sobre la vida espiritual de los fieles. En efecto, concentrando toda la relación con Jesús eucaristía sólo en el momento de la Santa Misa, se corre el riesgo de vaciar de su presencia el resto del tiempo y del espacio existenciales. Y, de este modo, se percibe menos el sentido de la presencia constante de Jesús en medio de nosotros y con nosotros – una presencia concreta, cercana, entre nuestras casas, como «Corazón que late» de la ciudad, del país y del territorio, con sus distintas expresiones y actividades. El Sacramento de la Caridad de Cristo debe permear toda la vida cotidiana.
En realidad, es un error contraponer la celebración y la adoración, como si estuvieran en competencia la una contra la otra. Es precisamente, todo lo contrario: el culto del Santísimo Sacramento constituye el ‘ambiente’ espiritual en el cual la comunidad puede celebrar bien y en verdad la Eucaristía. Sólo si está precedida, acompañada y seguida por esta conducta interior de fe y de adoración, la acción litúrgica puede expresar su pleno significado y valor. El encuentro con Jesús en la Santa Misa se realiza verdadera y plenamente cuando la comunidad es capaz de reconocer que Él, en el Sacramento, habita su casa, nos espera, nos invita a su mesa y, luego, una vez que la asamblea se ha disuelto, permanece con nosotros, con su presencia discreta y silenciosa, y nos acompaña con su intercesión, y sigue recogiendo nuestros sacrificios espirituales y ofreciéndolos al Padre.
En este contexto, me complace subrayar la experiencia que viviremos esta tarde juntos. En el momento de la adoración, estamos todos en el mismo plano, de rodillas ante el Sacramento del Amor. El sacerdocio común y el ministerial se encuentran unidos en el culto eucarístico. Es una experiencia muy bella y significativa, que hemos vivido varias veces en la Basílica de San Pedro y también en las inolvidables vigilias con los jóvenes – recuerdo, por ejemplo las de Colonia, Londres, Zagreb y Madrid. Es evidente para todos que estos momentos de vigilia eucarística preparan la celebración de la Santa Misa, preparan los corazones al encuentro, de forma que éste resulta más fructuoso. Estar todos en silencio prolongado ante el Señor presente en su Sacramento es una de las experiencias más auténticas de nuestro ser Iglesia, que se acompaña de forma complementaria con la de celebrar la Eucaristía, escuchando la Palabra de Dios, cantando, acercándose juntos a la mesa del Pan de vida.
No se pueden separar – van juntas- la comunión y la contemplación. Para comunicar verdaderamente con otra persona, tengo que conocerla, saber estar en silencio cerca de ella, escucharla, mirarla con amor. El verdadero amor y la verdadera amistad viven siempre esta reciprocidad de miradas, de silencios intensos, elocuentes, llenos de respeto y de veneración, de forma que el encuentro se viva profundamente, de modo personal y no superficial. Y, lamentablemente, si falta esta dimensión, también la misma comunión sacramental puede llegar a ser, de parte nuestra, un gesto superficial. Sin embargo, en la verdadera comunión, preparada por el coloquio de la oración y de la vida, podemos decirle al Señor palabras de confianza, como las que resonaron hace poco en el Salmo responsorial: «Yo, Señor, soy tu servidor, tu servidor, lo mismo que mi madre: por eso rompiste mis cadenas. Te ofreceré un sacrificio de alabanza, e invocaré el nombre del Señor (Sal 116, 16-17).
No se pueden separar – van juntas- la comunión y la contemplación. Para comunicar verdaderamente con otra persona, tengo que conocerla, saber estar en silencio cerca de ella, escucharla, mirarla con amor. El verdadero amor y la verdadera amistad viven siempre esta reciprocidad de miradas, de silencios intensos, elocuentes, llenos de respeto y de veneración, de forma que el encuentro se viva profundamente, de modo personal y no superficial. Y, lamentablemente, si falta esta dimensión, también la misma comunión sacramental puede llegar a ser, de parte nuestra, un gesto superficial. Sin embargo, en la verdadera comunión, preparada por el coloquio de la oración y de la vida, podemos decirle al Señor palabras de confianza, como las que resonaron hace poco en el Salmo responsorial: «Yo, Señor, soy tu servidor, tu servidor, lo mismo que mi madre: por eso rompiste mis cadenas. Te ofreceré un sacrificio de alabanza, e invocaré el nombre del Señor (Sal 116, 16-17).
Ahora quisiera pasar, brevemente, al segundo aspecto: la sacralidad de la Eucaristía. También aquí hemos sufrido, en el pasado reciente, un malentendido sobre el mensaje auténtico de la Sagrada Escritura. La novedad cristiana en lo que respecta al culto recibió el influjo de cierta mentalidad secularista, de los años sesenta y setenta del siglo pasado. Es verdad, y permanece siempre válido, que el centro del culto ya no está en los ritos y en los sacrificios antiguos, sino en Cristo mismo, en su persona, en su vida, en su misterio pascual. Y, sin embargo, de esta novedad fundamental no se debe deducir que lo sagrado ya no existe, sino que ha encontrado su cumplimiento en Jesucristo, Amor divino encarnado. La Carta a los Hebreos, que escuchamos esta tarde en la segunda Lectura, nos habla precisamente de la novedad del sacerdocio de Cristo, «Sumo Sacerdote de los bienes futuros» (Hb 9,11), pero no dice que el sacerdocio haya terminado. Cristo «es mediador de una Nueva Alianza» (Hb 9,15), establecida en su sangre, que purifica «nuestra conciencia de las obras que llevan a la muerte» (Hb 9,14). Él no abolió lo sagrado, sino que lo llevó a su cumplimiento, inaugurando un culto nuevo, que aun siendo verdaderamente espiritual, mientras estemos en camino en el tiempo, se sirve todavía de signos y de ritos, que desaparecerán sólo al final, en la Jerusalén celeste, donde ya no habrá ningún templo (cfr Ap 21,22) ¡Gracias a Cristo, la sacralidad es más verdadera, más intensa, y, como sucede para los mandamientos, más exigente! No basta la observancia ritual, sino que se requiere la purificación del corazón y la implicación de la vida.
Me complace también subrayar que lo sagrado tiene una función educativa y que su desaparición empobrece, inevitablemente, la cultura, en particular, la formación de las nuevas generaciones. Si, por ejemplo, en nombre de una fe secularizada, que no requiera signos sagrados, se aboliera esta procesión ciudadana del Corpus Domini, el perfil espiritual de Roma quedaría ‘mermado’ y nuestra conciencia personal y comunitaria quedaría debilitada. O, pesemos también en una mamá y en un papá que, en nombre de una fe desacralizada, privaran a sus hijos de toda ritualidad religiosa: en realidad, acabarían por dejar el campo libre a tantos subrogados presentes en la sociedad del consumo, a otros ritos y a otros signos, que con mayor facilidad se pueden volver ídolos. Dios, nuestro Padre, no hizo lo mismo con la humanidad: envió a su Hijo al mundo, no para abolir, sino para dar cumplimiento también a lo sagrado. En el culmen de esta misión, en la Última Cena, Jesús instituyó el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, el Memorial de su Sacrificio pascual. De este modo, Él se puso a Sí mismo en lugar de los sacrificios antiguos, pero lo hizo en el interior de un rito, que mandó perpetuar a los Apóstoles, como signo supremo y verdadero de lo Sagrado, que es Él mismo. Con esta fe, queridos hermanos y hermanas, nosotros celebramos hoy y cada día el Misterio eucarístico y lo adoramos como centro de nuestra vida y corazón del mundo. Amén.
Me complace también subrayar que lo sagrado tiene una función educativa y que su desaparición empobrece, inevitablemente, la cultura, en particular, la formación de las nuevas generaciones. Si, por ejemplo, en nombre de una fe secularizada, que no requiera signos sagrados, se aboliera esta procesión ciudadana del Corpus Domini, el perfil espiritual de Roma quedaría ‘mermado’ y nuestra conciencia personal y comunitaria quedaría debilitada. O, pesemos también en una mamá y en un papá que, en nombre de una fe desacralizada, privaran a sus hijos de toda ritualidad religiosa: en realidad, acabarían por dejar el campo libre a tantos subrogados presentes en la sociedad del consumo, a otros ritos y a otros signos, que con mayor facilidad se pueden volver ídolos. Dios, nuestro Padre, no hizo lo mismo con la humanidad: envió a su Hijo al mundo, no para abolir, sino para dar cumplimiento también a lo sagrado. En el culmen de esta misión, en la Última Cena, Jesús instituyó el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, el Memorial de su Sacrificio pascual. De este modo, Él se puso a Sí mismo en lugar de los sacrificios antiguos, pero lo hizo en el interior de un rito, que mandó perpetuar a los Apóstoles, como signo supremo y verdadero de lo Sagrado, que es Él mismo. Con esta fe, queridos hermanos y hermanas, nosotros celebramos hoy y cada día el Misterio eucarístico y lo adoramos como centro de nuestra vida y corazón del mundo. Amén.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)







